La moderación no existe. Es un invento de quienes buscan reprimir el libre albreldrío del ser humano. Un invento de doctrinas represivas que pretenden contener lo incontrolabre sometiendo a la deshumanización a quienes las siguen.

Diganme: ¿ Cómo se siente o se escribe con moderación?; ¿Cómo es posible enjaular el arte o ponerle fronteras a la imaginación?

Desde pequeña he sido (des)educada en un contexto social en el que se premia lo correctamente político (menuda ironía el uso de ambas palabras juntas en un contexto político como el español). A lo largo de toda la vida me han acompañado frases ya hechas: «Modera tu lenguaje», «Aprende a moderarte, que pareces una saltinbanquis», «Tienes que aprender a dominar tus apetencias e institos para poder ser dueña de ti misma», blablabla…

Si estáis leyendo esto y no me conocéis pensaréis que soy una especie de yonki-culo inquieto que sólo se guía siguiendo lo que le piden sus instintos. Todo lo contrario. Suelo dar una imagen de estar totalmente adaptada a la pauta moderada que dicta la sociedad -siempre con algún pequeño descarrío-.

Y qué queréis que os diga… con el tiempo he aprendido a ser menos comedida y a mostrarme desnuda a la hora de hablar de mi misma. Supongo que con el tiempo he ido soltando pesos pesados de mi maleta y no tengo pudor a la hora de mostrar detalles muy personales.

Dicen que uno nunca se recupera de la adolescencia. Yo lo cuestiono. De lo que realmente uno no se recupera es sus cimientos. Podrían tacharme de quejica si tacho a mi patrón social más cercano como ‘desejemplo’; al fin y al cabo siempre he tenido lo que he querido, he acaparado mimos y miradas y he sido el centro de atención de una familia tan atormentada que ha sido incapaz de perpetuar su especie, haciéndome cargar con la terrible responsabilidad de ser el último ejemplar.

La hija única consentida es sólo un cliché, la parte superior del iceberg que todos ven sin atreverse a profundizar en sus aguas tormentosas.

Escribo todo esto para rebelarme en contra de la moderación ‘establecida’. Escribir es un arma, una forma de elevar el sentir a su superlativo, y de esta manera batirse a duelo con la moderación.

Por eso yo, como mujer-niña de emociones desmesuradas, te necesito. Necesito escribir para sentirme viva, para sentir(lo) todo; para sobrepasar los estúpidos cánones de la mojigatería y sentirme HUMANA. Sin la escritura podría haberme convertido en terrorista de mí misma.

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