Yo ya era una histérica antes de que Almodóvar las pusiera de moda

Que si, que Almodóvar ya quiso mostrarle al mundo con Mujeres al borde de un ataque de nervios el resultado de féminas en un mundo dominado por hombres que las engañan, mienten y ningunean hasta hacerlas enloquecer. Yo no me quedo atrás. Mis hormonas -o el causante biológico ante mi desequilibrio anímico- levantaron trincheras desde el diez de octubre de 1991. Fecha en la que unas manos ajenas me arrebatan mi paraíso de cordón umbilical y placenta para lanzarme a este cruel y despiadado mundo. No sin antes, darme una torta como adelanto del mar de llantos y pataletas que me esperaba por delante. Fui difícil desde aquella tarde otoñal de principios de los noventa en la que una chica de pueblo esperaba perpetuar su especie y saciar sus sueños en un hospital de capital de provincia. No se lo puse nada fácil. No entraré en detalles morbosos del parto. Pero la verdad es que mi sexto sentido parecía haber despertado ya en mi estancia uterina y me alertaba de que no siguiera hacia la luz. Al final, tuve que ceder ante los anhelos de mi madre -al fin y al cabo, era mi madre- y salir de la guarida. Vinieron años de pequeña saltamontes kamikaze, sudoraciones varias, de crear terremotos a mi alrededor, y de jugar con la hiperactividad. Ay los nervios, esos malditos bastardos que me hacían vivir en la odisea de cinco tazas de café con gusto a uñas -ellas tampoco lograron sobrevivir a la barbarie-.

NO SOPORTO a todas esas que viven con una pancarta de ‘Que difícil es ser mujer’ incrustada en los rulos. De verdad que las cogería a todas ellas y las mandaría al anuncio de Tampax Compax Pearl protagonizada por María Valverde -¡Ay! Cómo me gusta esa chica-, para que respiraran felicidad de una vez por todas y ya de paso se ahogaran en ese mar en el que la Valverde contonea su culito.

Que no, que la cosa no es así. Que no por ser mujer estamos destinadas a la histeria ni al caos hormonal. La verdad es que me siento afortunada de rodearme de hombres lo bastante inteligentes como para no hacer bromas estúpidas sobre la menstruación cada vez que me ven en un brote casi psicótico.

Así que lo difícil no es ser mujer: -las hay que viven de lo más divino con su pantalla de 39430493 pulgadas y su marido fritangas-, lo difícil es vivir cada día con una mezcla de símbolos premenstruales y los nervios del examen más importante de tu vida. ¿Rico el cóctel molotov? 

Porque no, no es fácil salir al mercado laboral tras tener un título universitario, un máster y haberte recorrido medio mundo sola y darte de bruces con que no sólo tus condiciones laborales están más cerca del contenido de un retrete que de tus sueños; y que, además estás sumergida en una vorágine existencial en la que lo único que tienes como certero es tu existencia -y a veces ni eso-. Y que para colmo has tenido que volver a casa de papá y mamá y escribes esto mientras unas muñecas de porcelana (recuerdo de una infancia prometedora) te miran con cara de: «eres una fracasada».

El manual de instrucciones de uso que venía junto a aquel instrumento llamado vida parece haberse fulminado.  Ahora sólo quedan los trozos de una profunda metamorfosis entre un yo ‘aún’ adolescente y un yo maduro que se presenta como una auténtica tormenta en la noche. Dicen que hay que aprender a bailar bajo la lluvia, y a mí me encanta empaparme. Así que sumida en un vaivén de ires y devenires movidos por una tonelada de pensamientos un tanto perturbadores para una mente tan inquieta y una sensibilidad en su estado más puro, me dedicaré a ver Gossip Girl (sí, esa serie que debería haber visto con 18 años en vez de haberme reído de todas las amigas que hablaban maravillas de ellas) y a refugiarme en las aventuras y desventuras de sus personajes. Aunque he de confesar que suena preocupante que una serie de televisión como GS sea uno de los aspectos que más sentido dan a tu vida actual.

Así que este volcán a punto de estallar prefiere llevar la procesión por dentro y sentir cierto alivio cuando ve que será una mujer alterada, pero que no está sola. Que sí, que es cierto que una lleva con cierto orgullo eso de tener un punto -o unos cuantos- de locura.  En ocasiones incluso te dan ganas de gritar a los cuatro vientos: «¿ves a esa pseudo histérica? Pues yo ya era así antes de que Almodóvar las pusiera de moda».

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